Matemáticas, por caridad

Las matemáticas son la asignatura menos querida en colegios e institutos. Todo el mundo lo sabe. Es casi una ley natural.

Pero es mentira. Del todo.

Se encuentran por Internet resultados de diversas encuestas —estadounidenses todas— sobre asignaturas preferidas. Por ejemplo, esta de Gallup, esta del British Council y esta de MRI. En muchas de ellas las matemáticas aparecen en primer lugar, como la asignatura más apreciada, con alrededor de un cuarto de los votos. En otras encuestas las matemáticas aparecen por la mitad de la tabla, porque ya se sabe que cualquier opinión sobre el mundo encuentra en Estados Unidos un estudio que la respalda.

Pero, además de mentira, es inverosímil. Si hemos de creernos el tonto tópico, habrá que imaginar que los alumnos, puestos en la tesitura de elegir entre aprender la regla de Rufinni y memorizar las fechas más importantes del reinado de Felipe II, gritarán: »¡Felipe, Felipe! ¡Vivan los Austrias! ¡Mueran los polinomios!» O que, ante la amenaza de aprender a dividir por dos cifras, suplicarán: »¡No, por caridad, mejor profundicemos en el complemento circunstancial de modo!»

¿Cómo podrían no ser apreciadas las matemáticas? Si hablamos de niños, suelen comportarse como máquinas de buscar, aceptar y superar desafíos: empezando por el de venir al mundo de una manera tan enrevesada; después, mantenerse en pie, subirse a cualquier sitio, hablar… Y ¿qué actividad puede proporcionar mejores desafíos —problemas, acertijos, misterios—?

Y es después, ya superada la niñez, cuando las matemáticas pueden mostrarse como apasionantes: su fiabilidad, su rectitud, la forma en que reclaman nuestra imaginación, ingenio e inventiva a la vez que análisis; su frialdad y su calidez, su perfecto aislamiento de la realidad y su perfecta adaptación a la realidad. Y esa profunda sensación al contemplar algunas ideas, algunas demostraciones. En muy citada frase de Bertrand Russell1:

The true spirit of delight, the exaltation, the sense of being more than man, which is the touchstone of the highest excellence, is to be found in mathematics as surely as in poetry.

[El verdadero espíritu del deleite, la exaltación, el sentimiento de ser más que hombres, que es el criterio de la más alta excelencia, se encuentra en las matemáticas con tanta seguridad como en la poesía.]

Russell —que era matemático y filósofo— recibió el Premio Nobel de Literatura y habla, por tanto, de matemáticas y poesía con buen conocimiento de ambas.

Notablemente, hay personas a quienes las matemáticas gustan sin que lo sepan. El pintor M. C. Escher, cuyas obras tienen un indudable sabor matemático, dijo en una entrevista 2:

Lo curioso es que, a lo que parece, me vengo ocupando de matemáticas sin darme bien cuenta de ello.

Y en otra 3:

Although I am absolutely without training in the exact sciences, I often seem to have more in common with mathematicians than with my fellow artists.

[Aunque no tengo ninguna formación en las ciencias exactas, a menudo parezco tener más en común con los matemáticos que con mis colegas artistas.]

Límite circular III - geometría hiperbólica en un cuadro de Escher
Una teselación del plano hiperbólico en Límite circular III, de M. C. Escher, 1959. [© The M.C. Escher Company]

Siendo tantos los amantes de las matemáticas, ¿de dónde viene el tópico?

Para empeorar las cosas, están esos libros, supongo que bienintencionados, que llevan títulos del estilo de Las matemáticas pueden ser divertidas. ¿Pueden? Pero normalmente son un coñazo, quiere decir. Me figuro que el mensaje que encierran esos libros es que la tortura de aprender el teorema de Pitágoras es más leve si se acompaña de un helado de chocolate y una cancioncita con rimas simpáticas. Por supuesto que las cosas se pueden aprender de maneras más y menos amenas. Pero, quien crea que cierto tema puede ser divertido, no escriba sobre él.

Lo sorprendente es que, sí, las matemáticas también están entre las asignaturas que más alumnos odian. Por ejemplo, en esta encuesta, alrededor de un cuarto de los preguntados señalaron las matemáticas como la asignatura que menos les gustaba. Quizá este 25% de población enferma es el que da pábulo al tópico que pretende hacer de su falta de gusto una ley natural. Pero, ¡ey!, es el mismo porcentaje de los que aman las matemáticas. Tenemos, en definitiva, dos tareas: una, sanar al 25% de enfermos; la otra, acabar con el tópico falso y difundir el más cierto. Ya estamos tardando.


  1. En el ensayo The Study of Mathematics
  2. De la edición en español de El espejo mágico de M. C. Escher, de Bruno Ernst.  
  3. Citado en To Infinity and Beyond, de E. Maor. 

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